Ser voluntario en Mozambique

12 de Mayo de 2015

Antes de viajar a Mozambique, en una misión conjunta entre Cascos Blancos y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) que comenzará este mes, el voluntario Nicolás Vexlir contó en esta entrevista sus expectativas y lecciones aprendidas en la experiencia del voluntariado.

Con 30 años, Nicolás es técnico en coordinación de emergencias y desastres especializado en logística. Es voluntario de Cascos Blancos desde 2005, iniciándose en la Asociación de Voluntarios para la Defensa Civil en el área sanitaria.

CB: ¿Qué tareas vas a desarrollar en esta misión?

NV: La misión de la que voy a participar en Mozambique se desarrolla en función de un acuerdo marco entre Cascos Blancos y la Organización Internacional para las Migraciones. El objetivo es participar en las acciones del equipo de Reducción de Riesgo de Desastres que está trabajando allí actualmente, en articulación con las autoridades locales de Mozambique, puntualmente en la ciudad de Quelimane. Es una misión que se iniciará este mes y se extenderá hasta agosto.

CB: ¿Cuál creés que será el aporte más valioso de Cascos Blancos en esta misión?

NV: El aporte fundamental de Cascos Blancos, en todas las misiones de asistencia humanitaria internacional que realiza, es el desarrollo de capacidades locales. Nosotros siempre estamos en contacto con la comunidad afectada, tenemos un trabajo directo con la población - obviamente en coordinación con las agencias multilaterales y las autoridades locales-. Eso permite que los profesionales y expertos voluntarios convocados por Cascos Blancos puedan, además de asistir a quienes lo precisan, dejar a las comunidades afectadas guías y pautas de trabajo para la reducción de riesgo de desastres.

Creo que el aporte más grande es eso: trabajar con la comunidad y enseñarles que la respuesta en sí está en manos de ellos, que no tiene que ser externa. Nosotros simplemente vamos a colaborar, a ayudarlos a pensar cómo deberían organizarse. Los mecanismos o herramientas se pueden generar desde las mismas poblaciones, desde la base. Creo que un poco el aporte mío y de todos los voluntarios de Cascos Blancos es el de fortalecer las bases sociales de las comunidades para la respuesta. 

CB: ¿Cómo conociste Cascos Blancos y cómo te transformaste en voluntario?

NV: Llegué a Cascos Blancos en 2005. Pertenecía a la asociación de voluntarios de Defensa Civil y, a través de un convenio que tenía Cascos Blancos con la Ciudad y los organismos de voluntarios, me invitaron al curso de capacitación Cascos Blancos organiza anualmente en Campo de Mayo, en el Centro Argentino de Entrenamiento Conjunto para Operaciones de Paz (CAECOPAZ). Ahí empecé mi perfeccionamiento y formación con Cascos Blancos en materia de asistencia humanitaria internacional. Luego fui colaborando en diferentes actividades a nivel local, como las de prevención en las peregrinaciones a Luján y San Cayetano hasta operativos de cobertura sanitaria. Después de diversas instancias de capacitación fueron surgiendo misiones internacionales. La primera misión en la que participé con Cascos Blancos fue en Haití en 2010, tras el terremoto. Me convocaron para trabajar en el depósito de la OPS, para el manejo de suministros sanitarios.

Con el tiempo me fui perfeccionando, fui trabajando más en la logística y el manejo de campamentos. Y así surgieron las misiones a Túnez durante la guerra con Libia y ejercicios de simulación para el manejo de desastres y terremotos con la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA).

CB: ¿Fueron cambiando los desafíos que se te plantearon a lo largo del tiempo en las distintas misiones?

NV: Sí, mis desafíos fueron cambiando a lo largo del tiempo. Creo que cambian con el crecimiento personal y profesional de uno. Por ahí antes el desafío era asistir a la víctima inmediata y después con el tiempo me di cuenta que eso era algo bueno pero que había mucho más por detrás para hacer, para que realmente la asistencia llegue de manera adecuada. Esta transformación profesional, este crecimiento que fui llevando, era esto: Una cosa es asistir a una persona, y otra es si puedo manejar a toda la gente que asista a esa persona y generar más personas para asistir, si puedo organizar y coordinar con el sistema de emergencia para que la asistencia sea más rápida y efectiva.  Eso me fue llevando a una parte más de gestión, detrás del escritorio y no tanto en el terreno y con el contacto directo con la población, pero que sabés  que llegás a más cantidad de personas. En ese caso la asistencia no está tan puntualizada, sino que posiblemente puedas disminuir los efectos de un desastre, no en uno ni en dos, sino en cientos o miles de personas con el accionar más pequeño que no es tan visto.

CB: ¿Considerás que este tipo de misiones te dejan alguna enseñanza?

NV: Sin lugar a dudas, de una misión siempre te traés una enseñanza más allá de lo profesional, creo que es una enseñanza muy fuerte en lo personal, que tiene que ver con cómo uno mira al mundo. Cuando te vas a lugares donde ocurrieron desastres socionaturales te econtrás con que las comunidades afectadas se quedan sin nada de lo que tenían. Entonces cuando uno vuelve a una ciudad donde tiene luz todo el tiempo, donde sale a la calle y se toma el colectivo, donde abre la canilla y sale agua, ahí están las enseñanzas que uno toma… Porque uno cuando está acá, en el día a día, se olvida de las cosas que realmente tiene. Y cuando estás con las poblaciones afectadas más vulnerables, te das cuenta de las cosas que hacen falta. Creo que la enseñanza pasa por la necesidad de adoptar una perspectiva más humana en cada una de las actividades que realizamos.

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